Ruben Darío Arcila Monsalve El Poeta de la Radio Colombiana, el Mejor Narrador.

Precisamente, Armando Plata Camacho, saca una Nota de uno de esos Locutores que fue el Poeta, El Narrador de la Radio Colombiana, a través de Facebook; se trata de Ruben Darío Arcila Monsalve, hoy en día retirado de la radio en su finca en Antioquia.
El mejor narrador de ciclismo que se haya escuchado en Colombia

 La ‘resurrección’ del poeta Rubén Darío...Ruben Dario Arcila.Retirado de la radio y dedicado a la escritura, presenta su libro: ‘El último apaga la luz’

Ricardo Rondón Ch.

El 15 de mayo de 1987, la radio en Colombia, como nunca había sucedido en su historia, se colapsó de oyentes con la epopeya que un muchacho delgado, campesino y sangrante escribió con su linfa en carreteras ibéricas. Un joven silente pero vigoroso y audaz en los pedales al que llamaban ‘El Jardinerito’, porque ese era su oficio, el de arreglar jardines en su tierra, Fusagasugá, y que ese día memorable le regaló a su patria el título más codiciado al que podía aspirar un deportista en la época dorada del ciclismo nacional: la Vuelta a España.

La proeza de Lucho Herrera fue narrada en exclusiva con el lirismo y la prosopopeya que caracterizaba a otro campeón, pero ante micrófonos, el ‘poeta de la narración’, como lo tildaron en un periódico de Nicaragua, Rubén Darío Arcila.

Nadie como Rubencho para vivir y contagiar a través de la radio la catarsis de un espectáculo que paralizaba las actividades cotidianas, cuando la gente quedaba sumergida en una suerte de letargo colectivo, con el transistor pegado a la oreja, atenta al relato hipnótico de este cronista que destilaba en su verbo, y con una velocidad asombrosa, como la de ‘El Jardinerito’, el zumo lingüístico, gota a gota, que heredamos del gran Cervantes.

Arcila fue decano en su estilo y se erigió como fuente de inspiración para las nuevas promesas de locutores y narradores, con la fluidez, el repentismo, las metáforas y aforismos que decoraban sus relatos en Colombia o en circuitos internacionales.

Eran los tiempos de sapiencia y voces inmortales como la de Julio Arrastía Brica, ‘El Macanudo’; Alberto Piedrahíta Pacheco, ‘El Padrino’; Darío Álvarez Rodríguez, Pastor Londoño Passos, los hermanos Armando y Jorge Eliécer Moncada Campuzano, Javier Alberto Buitrago, Héctor Urrego Caballero, José Antonio Churio, ‘El Negro Grande de Colombia’, y Rubén Darío Arcila, o ‘El Narrador del Mundo’, como también lo bautizó Antonio Pardo García.

"He cantado en las grandes catedrales de la radio: RCN, Caracol y Todelar, pero también he sido parte del coro de las humildes y pequeñas parroquias donde conocí gente que de otra manera no hubiera podido disfrutar por estar en el olimpo", dice Rubén Darío, que cualquier día bajó del olimpo a las profundidades del infierno por culpa de los excesos con el licor y la droga: un tortuoso viaje, pero con regreso, como él dice, "con la ayuda de Dios, de mi esposa, mi familia, y los amigos de verdad que, en momentos emergentes y dolorosos, están prestos a rescatarlo a uno".

Luego de cuatro años de estar retirado de la radio, el maestro de la narración rezume hoy la tranquilidad y el sosiego que le depara su finca de Llanogrande (Antioquia), en compañía de su esposa de 40 años de matrimonio, dedicado a escribir la memoria de la radio colombiana, como está impreso en un primer libro de esta saga: ‘El último apaga la luz’, con prólogo de Alberto Casas Santamaría:

"Para contar los detalles y grandes anécdotas de todos los episodios de la radio, se necesitaba un personaje que amara la radio, sin interés de preferencia subjetiva por los valores de la profesión. Eso sí, que la hubiera vivido, padecido y gozado al mismo tiempo", dice el ex ministro y analista de la W, refiriéndose al autor, y quien más que él, Rubencho, que la amó, la vivió y la sufrió hasta las vísceras.

Vuelta de página en esa ruta obligada que es la nostalgia.

Actor de radionovelas, registra el comienzo de tu currículum: ¿estamos hablando de la época dorada de Gaspar Ospina, Efraín Arce Aragón y Baltazar Botero Jaramillo?

"Sí, primero fui radioactor, y me tocó la época de Baltazar, Efraín y Gaspar, pero también soy de la camada de Jaime Trespalacios, Milciades Longas y el recordado Carlos Mejía Saldarriaga".

¿Cómo llegaste a actor de radio?

"Llegué como ‘bolista’, que llamaban, es decir de extra, donde nos pagaban con ‘bolos’ que cambiábamos los fines de semana en la gerencia de la estación radial con la que trabajábamos".

¿En cuál debutaste tú?

"En Todelar Medellín, con ‘La Ley contra el hampa’, que marcó extraordinarios índices de sintonía, y que protagonizábamos: Pedro Montoya, José Saldarriaga y Edgar Posada".

¿Tú qué rol hacías?

"Por mi voz de bajo me ocuparon de galán en muchos episodios, pero terminé como narrador de los principales dramatizados radiales".

¿Estabas muy peladito?

"Comencé de 18 años. Recién había alcanzado el primer lugar en un concurso regional de declamadores en Medellín".

¿Quiénes fueron tus padres?

"A mi padre lo llamaban ‘El Fígaro’, por su voz de tenor, y era el loco del barrio Manrique. Mi madre era costurera, cantante de bambucos y pasillos, con voz de soprano".

Naciste en el barrio bohemio de Manrique Central: ¿cantabas tangos también?

"No los cantaba, pero llevo en la memoria muchos de ellos, en especial ‘Sangre maleva’, de Óscar Larroca".

¿Tomabas trago por esos días?

"Se bebe desde muy temprano con tanto tango en las esquinas".

¿Y te abrigaron en su regazo dulces damiselas?

"Claro, porque Lovaina estaba pegadito de Manrique, con sus eternas luces de colores encendidas".

No me digas que acabaste de destetar en uno de esos antros...

"Allí aprendí a besar el yunque con que se forja la vida".

¿Y también rondaste con ojos sigilosos la noche hampesca y asesina?

"Fui habitante de las noches de Guayaquil, el Fundungo y la Bayadera, tres sucursales del infierno a donde se ingresaba con salvoconducto y alma temeraria".

¿Qué abrigabas ser de muchacho, cuando el dictamen de los padres de época se resumía en: ‘estudie para que sea alguien en la vida...’?

"Yo no quería ser presidente ni bombero. Sólo quería ser un buen locutor, inspirado en esa cultura de la radio donde solo trabajaban estrellas, pues no existía todavía la televisión".

¿En tu caso fue primero la práctica que la licencia de locución?

"Sí, porque yo tenía montada con ollas de cocina y platos de peltre una pequeña emisora en mi casa. El micrófono era la olleta del chocolate que me brindaba la mejor acústica, y yo era el que anunciaba los discos y daba la hora".

¿Y cómo era tu público imaginario?

"El mismo público de estos tiempos: invisible".

Igual, ¿sacaste la licencia de locución?

"Tuve que hacerlo y cualquier día viajé a Bogotá para tramitar el documento en el edificio Murillo Toro, donde me dieron una de tercera categoría con el número: 2328, del Ministerio de Comunicaciones".

¿La conservas debidamente plastificada?

"Aún está enmarcada y cuelga al lado de un cuadro del Sagrado Corazón de Jesús y un afiche de ‘Cochise’ Rodríguez".

¿Cómo en la memorable crónica de Gonzalo Arango, el nadaísta?

"Confieso que ese tipo de irreverencias le quedan mejor al ‘Profeta de la Oscuridad’".

¿Quién fue tu maestro en esta bitácora por las ondas hertzianas?

"Un hombre casi desconocido en la radio pero con una voz que envidiarían en la BBC de Londres: Alberto Díaz Giraldo, que hoy en día vive muy mal y en la pobreza".

Luego de tu tránsito por la escena radial, la de las novelas, ¿te pasas al patio de la narración deportiva?

"Sí, es como una novela de aventuras: en el ciclismo, por ejemplo, alcanzas a ver los halcones entre las nieves perpetuas; cascadas, desiertos, dunas y oasis, y cuando menos te lo imaginas, un mar celeste y abierto".

¡Carajo!, ¿así de verde estaba esa ‘yerba’?

"Como diría el gran Epifanio Mejía en el Himno de Antioquia: ‘deja que aspiren mis hijos tus olorosas esencias’".

¿No me digas que secabas la ‘yerbita’ entre las páginas prohibidas de las novelas de José María Vargas Vila, ‘Aura o las violetas’, por ejemplo?

"¿Y quién en este país no ha querido ser alguna vez hijo de la ‘hoja dulce’ y de otras levaduras espirituales? Que lo diga Barba Jacob".

Qué te ‘drogaba’ más: ¿los poetas malditos o la ‘cannabis sativa’?

"El único tóxico que hoy me seduce y me encanta es el de la palabra, la conversación, el verso pulido y armonioso, que entre bocanadas se va elevando al cielo".

¿Cuál fue la primera clásica ciclística que narraste?

 "La doble a Riosucio, en 1972".

¿Y tu primera Vuelta a Colombia?

"En 1973, cuando se coronó como campeón Rafael Antonio Niño, el ‘Niño de Cucaita’, ahora entregado a repartir bendiciones porque milita en una iglesia evangélica. Yo lo llamo el ‘Divino Jorobado’".

¿Cuántas Vueltas a Colombia?

"Veinticuatro".

¿Vueltas a España?

"Siete".

¿Tour de Francia?

"Diez".

¿Sobra preguntarte que la más emotiva y recordada de tus transmisiones fue cuando se coronó Lucho Herrera como campeón de la Vuelta a España en 1987?

"Sí, esa fue la más grande, independiente de que haya sido premiada con el Premio Ondas, que era como el Pulitzer de la narración ciclística".

Dicen que en estas lides, como Rubencho no hay dos: ¿quién te bautizó como ‘El Poeta de la Narración’?

"Eso fue en Nicaragua, la tierra del gran Rubén Darío, el otro, el que subió al olimpo sin dar un solo pedalazo. Ese remoquete se lo debo a la prensa nicaragüense, el día en que el diario La República publicó un aviso que decía: ‘Rubén Darío no está muerto. Está vivo en la radio de Colombia’".

¿Por qué no narraste fútbol?

"Lo hice en mis comienzos, pero el público terminó encasillándome en el ciclismo".

¿De dónde sacabas todas esas metáforas y aforismos que enriquecieron tu glosario de narrador ciclístico?

"Siempre me interesó leer, devorar revistas y libros, desde el almanaque Bristol, hasta la Enciclopedia Británica, como cualquier Borges de Manrique, o ladrón de libros en la Biblioteca Pública Piloto".

¿Nunca te dio por lanzar un libro con ese arsenal?

"Ya lo tengo: se llama ‘El último apaga la luz’, con prólogo de Alberto Casas Santamaría, que narra la gran historia de la radio, con pulso y acento autobiográfico".

¿Cómo es tu nostalgia de esta bonita profesión, la locución, hoy casi extinguida en la radio colombiana?

"Aquellas grandes voces pasaron de moda. Hoy se impone otro estilo donde uno nunca sabe quién es el que está hablando. Como decía Arrastía: ‘todos son igualitos’. Los de antes dejamos huella".

¿No te da para otro libro estas nostalgia de los viejos locutores?

"Estoy trabajando en él. Por lo menos el título te lo puedo anticipar: ‘Yo tenía un chorro de voz’".

¿Cuál fue la cúspide más alta a la que llegó Rubén Darío Arcila como narrador?

"Mi 8000, mi premio Everest, fue alcanzar el 99 por ciento de sintonía, un 15 de mayo, cuando se paralizó el país y lloró escuchando el relato de la proeza de Lucho Herrera en España. Ese pico, en el rating, no lo ha igualado nadie".

Más de un impúber se ganó un pellizco, cuando no un reglazo, y el decomiso sin retorno del transistor en el que se escuchaban las etapas, que los pelados camuflaban en clase bajo las tapas del pupitre. ¿Recuerdas?

"A mí también me sucedió cuando Julio Arrastía narraba. Todavía me arde la palma de la mano por la madera que me daba la maestra neurótica que dictaba ciencias naturales".

¿Cómo recuerdas al ‘Viejo’ Arrastía?

"El ‘Viejo’ era el mismo Gardel con su pañuelito anudado al cuello y los versos de un tango que nunca olvidaba: ‘Por una cabeza’".

¿Y a Carlos Arturo Rueda C.?

"El hombre que inventó este cuento, el locutor que bautizó un país, el más grande, el papá de todos, el Campeón".

¿Cuántas veces te has caído de la ‘bicicleta de la vida’, ‘Rubencho’?

"El peor pinchazo lo sufrí en 1986, cuando bajé a los infiernos y me tuvieron que internar de urgencia en una clínica de rehabilitación".

Te daban por loco, por perdido, como si la memoria te hubiera quedado en blanco: ¿Te asustaste?

"Uno nunca se asusta cuando tiene a Dios y a la familia al lado".

¿Y cómo fue que tocaste fondo?

"La alarma se encendió cuando empecé a decir estupideces en el micrófono, que nada tenían que ver con el evento que estaba transmitiendo".
¿Quién estuvo cerca de ti en ese trance?

"Un inolvidable amigo, Jairo Gómez Domínguez, vicepresidente de la Organización Ardila Lule".

¿Cuánto tiempo duraste conviviendo con ese ‘demonio blanco’ en la sangre?

"¡Uf!, es que en Medellín estaban todos los diablos sueltos, y todos eran amigos míos".

¿Pero te los sacaste definitivamente?

"Sí, ‘me liberé’, como dice el Gran Combo de Puerto Rico. Aprendí que la vida es una bicicleta: si no pedaleas, se queda quieta".

¿Hace cuánto ya?

"De eso hace 22 años".

¿Y nunca más?

"Te juro que quedé limpio: como si hubiera resucitado de entre los muertos".

¿Cómo fue esa vez que le pegaste al ‘Negro’ Perea en un avión en pleno vuelo?

"La cosa es al revés: él fue el que me pegó a mí. Me puso un ‘jab’ de izquierda en la mandíbula que por poco me noquea".

¿Y acaso cómo lo ofendiste?

"Le dije negro mentiroso, que es la peor ofensa que se le pueda hacer a un negro".

¿Quién es hoy en día Rubén Darío Arcila Monsalve?

"Soy un hombre que vive en una quinta dimensión, en un lugar muy apacible de Llanogrande (Antioquia), felizmente pensionado y acompañado de un ‘Boyero’ suizo que se llama ‘Gardel’".

¿Y tu mujer?

"Ella me ha acompañado en esta marcha triunfal de 40 años: Aída, más sublime que la de Verdi".

¿Declamas de vez en cuando como lo hacías de muchacho?

"Sí, declamo ‘A Solas’, de Ismael Enrique Arciniégas, que es la única que pervive en la memoria por aquello de que ‘las aves se van cuando hace frío...’".

¿Te gusta ‘Roby Nelson’ (célebre poema de Bernardo Arias Trujillo?

"El único muchacho que me encanta es el que preparan en Antioquia: relleno y en bistec".
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